Lección 8: Día lluvioso

Era un día realmente lluvioso. Marco estaba sentado dentro de un portal mirando como pasaban los coches por la carretera. Allí hubiese estado a salvo durante unas horas hasta que dejase de llover pero llegó la señora Gracia. Tras varias amenazas y demás Marco se largó del portal.
Tras taparse la cabeza con un periódico arrugado que encontró en la cesta de publicidad de portal en el que se encontraba, Marcó cruzó rápidamente la carretera, la cual se encontraba extrañamente desierta, hasta llegar a otro portal. Al pasar unos minutos llegó el señor Muñoz que, al ver a Marco sentado en las escaleras, se cabreó tremendamente. Obligó a Marco a abandonar el portal y éste, resignado, buscó otro refugio.

Todos los portales habían sido cerrados con llave y dentro de ellos estaban los vecinos de las comunidades gritándo a Marco, que simplemente buscaba resguardarse de la lluvia. Marco no encontró sitio donde refugiarse, las calles estaban vacías y la lluvia caía más agresivamente.

Las aceras empezaron a estrecharse, los edificios salientes se adentraron en un marco totalmente plano y liso. La lluvia caía cada vez más afilada y Marco no pudo resguardarse de ésta.

Finalmente, mientras todo el mundo miraba desde dentro de sus portales y casas, Marco cayó en medio de la carretera acuchillado por la lluvia, antes de exhalar su último suspiro cerró los ojos y, afortunadamente, despertó.

Lección 7: Si puedes hacerlo no lo hagas

"No pienso llorar, es demasiado fácil" pensó la joven promesa de la Universidad de Arkansas.
Se levantó de su silla y salió de la clase. Mientras todos se quedaron perplejos él se dirigió hacia la puerta y se marchó con un sonoro portazo. Salió corriendo de la universidad y se dirigió hacia el puente principal que unía la parte Oeste de la ciudad con la del Este. Tras cruzar el puente bajo un intenso sol que descargaba toda su ira sobre la ciudad de Arkansas el muchacho bajó al río y corrió paralelamente a éste hasta llegar a la parte boscosa de la ciudad. Entró en lo más profundo del bosque y se encontró con una pequeña ardilla que bebía de un charco de humedad que las últimas lluvias primaverales habían propinado a la ciudad. Al verlo la ardilla no se inmutó, no se movió de su sitio, simplemente permaneció de pie con sus pequeñas patitas mirando al pobre iluso que había corrido hacia esa parte de la ciudad sin saber el porqué de dicho viaje. Tras permanecer unos minutos mirando al pequeño animal, el cerebro de tercer curso volvió por donde había venido y así llegó hasta su clase. Entró y, bajo las atentas miradas de sus compañeros de clase, se sentó en su silla, parpadeó y despertó.

Lección 6: Solo para mentir

La mujer yacía en el suelo, tapándose el rostro y con el cuerpo dolorido. Los golpes propinados por el caballero el cual le juró que la amaría en la salud y en la enfermedad hasta que la muerte los separase la dejaron medio atontada mientras un gran charco de sangre manchaba su camisa, comprada expresamente para la ocasión.
El caballero la insultaba mientras le escupía, le pegaba patadas y hasta orinaba encima de ella.
- Te quiero -le había dicho falsamente antes de soltarle el primer guantazo.
"Lo siento Jorge, pero esto no puede seguir así. No voy a dejar que me vuelvas a mentir." Maldita frase. ¿En qué momento se le había ocurrido decirla? ¿Y en qué momento no se le había ocurrido que el guapo e inteligente Jorge le pegaría una paliza?
"Solo te quiero para mentirte", debería haber dicho Jorge. En ese caso, posiblemente, todo hubiera sido diferente. Posiblemente no, seguro. Aunque todos tenemos la dichosa manía de no ser sinceros.
Otro puñetazo impactó en la cara de Paula, que cayó de nuevo al suelo.
- Basta -dijo Paula entre sollozos-, por favor.
- ¡Cállate, zorra! -Jorge volvió a golpear a Paula con la pata de la mesa, esta vez en la cabeza- ¿Te crees que tienes derecho a dejarme así? ¿Únicamente porque he cometido un error?
"No has cometido un error, tu eres el error", pensó Paula.
- Yo te quiero Paula.
- Tú me quieres solo para mentirme, Jorge -contestó Paula desde el suelo.
Jorge sacó una pistola y le pegó un tiro en la cabeza a Paula, él cerró los ojos y despertó.

Lección número 5: Sin miedo a perder

Salí realmente contento. Nunca hubiera imaginado que perdería, la verdad, por eso salí tan tremendamente contento. Llevaba mucho tiempo entrenándome: por la mañana, por la tarde, tras merendar, por la noche, tras cenar... Horas y horas invertidas única y exclusivamente en ello para nada. Muchos se apiadarán de mi y a otros les importará una jodida mierda todo el esfuerzo invertido en esta batalla. Pero no me importa. Se cuando gano y cuando pierdo, y si pierdo es porque no he entrenado lo suficiente, y lo sé, así que debo esforzarme más.
Cuando salí de la batalla me fuí a mi casa, ya empezaba a notar la peste a derrota, entraba por la ventana. La habitación se inundó del humo verde, era algo insoportable. Entre tanta peste solo cerré los ojos y cuando los abrí para marcharme de la habitación, desperté.

Lección número 4: El poder de la mente

Llegó tarde, silenciosa y triste. Mientras dormía en mi habitación la muerte avanzó poco a poco hasta mi cama. Una vez allí se sentó sobre el colchón, sin apenas tocarme, y me acarició. Entonces abrí los ojos.
No era la típica imagen de la muerte. No era un esqueleto tapado con una manta negra, era una preciosa muchacha rubia de ojos verdes. Su rostro albergaba tranquilidad y paz. no parecía una alma condenada.
Me hizo levantar de mi cama y me hizo seguirla hasta la sala de música, donde mi hermana tocaba el piano frecuentemente. Yo siempre tocaba el violín con ella y esa noche la muerte se sentó ante mi y hizo que tocase algo para ella. Toqué el canon D de Pachabel, me encantaba esa pieza, y parecía que a la muerte también. Ahora sonreía mientras se balanceaba de un lado al otro. Cuando pasó un rato me di cuenta de que el violín no sonaba y al girarme hacia éste me di cuenta de que me estaba cortando las venas con un cuchillo. En ese momento no sentía dolor pero aún así cerré fuertemente los ojos y desperté.

Lección número 3: No existe nada infinito

Bajaba sonriente las escaleras que daban a una plaza cercana a mi casa cuando, de repente, me di cuenta que no estaba avanzando. Antes de darme cuenta de que permanecía inmóvil pensaba en el fin de semana que pasaríamos juntos, en las tres noches en las que nos abrazaríamos y nos besaríamos hasta el infinito y en las noches locas que disfrutaríamos juntos. Cuando me di cuenta de que la escalera nunca acabava todos estos pensamientos se fueron al carajo. Solamente quería llegar al final de la escalera y estar con él pero no fue así. Tras bajar rápidamente y, ya agotada, decidí saltar al vacío. Parecía una idea estúpida, ya que seguramente me caería y me rompería algo, pero en el estado en el que estaba no sabía que hacer. Entonces tomé impulso, salté, cerré fuertemente los ojos y desperté.

Lección número 2: De Ezequiel, 25:17.

Al subir al ascensor me preparé. Me arreglé el cuello de la camista y centré la corbata que mi ex-novia me había regalado. Me arreglé las mangas de la camisa y la americana azul marino. Me peiné un poco con las manos y sonreí.
Al salir del ascensor giré a mi izquierda y empecé a andar con las manos tras la espalda. Estube mirando las paredes del pasillo que me rodeaban. Era un pasillo bastante siniestro y antiguo como para pertenecer a ese edificio. Nunca me hubiera imaginado que, en ese instante, no estaba en el edificio que creía. Ni en el mundo que creía. Seguí andando mientras contemplaba los cristales rotos que habían por el suelo, las puertas hundidas sobre si mismas, los ventanales desgarrados, las telas antimosquitos destrozadas y las ventanas inferiores que iluminaban los pies cada tres pasos. Entonces fue cuando aceleré el paso. Era un pasillo demasiado largo como para ir al ritmo al que estaba yendo. El paisaje siempre era el mismo, desolador. Hubo un momento en que, inundado por el pánico, empecé a correr. Era imposible que el pasillo no tuviera fin. Hundido en el pozo del terror corrí más y empecé a llorar. No sabía donde cojones estaba la salida y volver atrás hubiera sido una gilipollez. ¿Cómo era posible que nunca acabara ese horrible pasillo?
Tras tres largas horas hacía tarde a mi cita así que me rendí y, al girarme para volver atrás, me encontré con el ascensor. Cerré los ojos y desperté.