Lección 12: Madrugada en el Hotel del Bien y el Mal


No sabría decir porque, pero en ese momento me retiré. No avancé, aunque sabía que era perfectamente capaz de hacerlo. Sin duda, de haberlo querido hubiese cruzado el umbral de aquella esquina sin ningún problema. No había obstáculo físico alguno que me lo impidiese. Todo lo que había entre yo y aquella zona sombría era un espacio vacío de unos tres metros de largo por unos dos de ancho. Sin embargo, como si una fuerza invisible me repeliese, no podía mover un dedo en tal dirección. Mi cuerpo se hallaba como paralizado, y ninguno de mis músculos, del más grande al más pequeño, desde el sartorio hasta el estribo, no respondían a mis órdenes
¿Por qué? ¿Por qué no podía avanzar? ¿Cuál era el misterioso motivo que me impelía a no cruzar esa barrera imaginaria? ¿Quizás sería el miedo, que atenazando mi alma, me impedía avanzar? ¿O quizás fuesen las moiras, que habían establecido ese lugar como prohibido? Quizás fue Dios todopoderoso, que no permitía a los mortales –o quizás tan solo a mí mismo– aventurarse más allá de donde reposaban mis pies. Pero, de ser así ¿Por qué? ¿Qué oscuros secretos aguardaban detrás de esa cortina de oscuridad? Era tan solo un pasillo por el amor de dios, ¿Por qué tanto secretismo? Un pasillo estrecho y cutre de un hotel barato de la interestatal 115 para más señas. No podía haber nada muy interesante más allá de donde la vista me alcanzaba a ver.

Sin embargo, y muy a mi pesar, no podía en mi mente, cesar de repetirse esa ardiente urgencia, ese impetuoso deseo de mi corazón, que era traspasar ese negro muro y contemplar que se escondía tras el velo de Calipso. Así pues, seguí intentando moverme y avanzar sin fruto alguno durante más de cuatro largas y extenuantes horas. Hubo algunos momentos, debo decir, en los que me pareció haber avanzado. Poco quizás, apenas unos milímetros, pero tal minúsculas fracciones de espacio eran sin duda como el carbón que alimenta la caldera de un navío en desesperado intento de cruzar una barrera de hielo en medio del océano ártico. Pues tal era el ambiente allí, de un frío apabullante, tanto que tras todo ese tiempo allí plantado, apenas lograba sentir mis dedos.

Sin duda hubiese muerto gustosamente allí mismo, intentando amargamente penetrar las barreras del destino y por Zeus que lo hubiese preferido a lo que me ocurrió apenas un instante después de las cinco de esa fría y despiadada madrugada. Quizás fueron los dioses –o las diosas–, que conmovidos –o conmovidas, como fuere– por mi pasión, me permitieron al fin avanzar. O quizás fue que el miedo que me contenía se esfumó, se desvaneció junto a los vahos de mi respiración. Pero fuese como fuese, pasadas las cinco de la madrugada, recobré el control de mi cuerpo y como si hubiese estado conteniendo una carrerilla durante horas, me vi de repente empujado, corriendo tan deprisa como nunca lo había hecho hacia mi final destino. Cruzado el umbral, la visión que se grabó a fuego en mis retinas me carbonizó el alma para siempre. Desee haber muerto horas antes…
¿Pero qué he hecho? ¡Por el amor de dios! ¿Qué he hecho? –Grité finalmente antes de perderme en la oscuridad–